lunes, 15 de abril de 2013

No existen parejas parejas, pero si, parejas felices.

Estamos predestinados a buscar en nuestra madurez, la compañía de alguien, no solo con fines reproductivos, sino también, para enfrentar juntos los variados retos de la vida. Llegado el momento, entablamos nuestra propia alianza, y cuando la curva del placer pasa del período explosivo al estable, a veces incluso a la rutina, empezamos también a descubrir que entre parejas, no existen ensambles perfectos. Venimos cada uno de nosotros, llenos de costumbres y conceptos muy arraigados en el ceno familiar y social en que crecimos. Poseemos además, nuestra conducta muy particular, es imposible entonces tratar de encajar a los demás con cada curva, cada gusto o deseo propio. Cuando insistimos obsesivamente en acoplar por la fuerza engranajes tan variados y complejos, acabamos naturalmente desgastandolos lentamente o rompiéndolos de forma abrupta.
Solo la comprensión y el amor desinteresado actúan lubricando y preservando la comunión de las parejas. Si somos incapaces de enteder las diferencias de los demás, nos convertimos en intolerante e insoportable compañía. Desgastamos el poco tiempo disponible en señalamientos y acusaciones que provocan reacciones cada vez más violentas y frecuentes. Si persistimos en este comportamiento, cualquier relación de pareja colapsará irremediablemente.

Sin un buen suministro de comprensión, tolerancia, respeto mutuo y un justo trato a nuestra pareja, estamos condenados a vivir muchas frustraciones y soledades innecesarias.

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