Marco Aurelio Laínez Z.
Mucha gente joven de USA y de otros países desarrollados vive bajo este estilo de vida, en parte, alienados por una cultura de derroche, en parte, confiados en la engañosa idea que la juventud no pasa, en parte... por la realidad cada vez más estrangulante para todos los que dependen de un trabajo, sujeto a salarios injustos que obligan a la mayoría de las personas a tener dos o más empleos a la par, si es que se encuentran, pues, cada vez es menos probable. Si somos honestos, la civilización occidental ha encontrado la manera de disfrazar la esclavitud. El esclavo tenía garantizada su comida, vivienda y hasta satisfacciones sexuales, no por caridad del amo, sino por conveniencia del amo, que al igual que al ganado, cuidaba sus esclavos para explotar su fuerza productiva, mantener o mejorar su precio de mercado y tenerlos saludables y aptos para reproducirse y aumentar su capital humano, cada niño nacido en esclavitud pasaba a engrosar el inventario y el valor de la hacienda humana. Sus labores siempre fueron duras y extenuantes, sus jornadas extensas, quiza no menos de diez horas diarias. Hoy, cada trabajador "libremente" rebasa esos límites y duplica su jornada para cubrir su propia subsistencia y siendo "libre", puede obtener lo que al esclavo no le estaba permitido, vender anticipadamente, por decadas, su salario a través de préstamos para vivienda, para educación superior, para adquirir vehículo y enseres de hogar, más los juguetitos tecnologicos que completan el sometimiento, esclavizando la mente y el escaso tiempo que les queda. Y como si fuera poco, debe aún comprar el derecho a comer cuando la edad le impida trabajar, cotizando al seguro social, durante toda su vida útil, pagando por el derecho incierto a retirarse y cubrir, entonces, un 30 0 50% de sus gastos de subsistencia, si es que llegado el momento, la moneda no se haya devaluado estrepitosamente o el ente administrador de tales recursos no haya colapsado o llevado estratégicamente a la quiebra.
Vaya, pero estamos hablando de los jóvenes que mejor la pasan, un nivel de vida que envidian los habitantes del tercer mundo que, agobiados por situaciones de explosión más extrema, pagan exorbitantes montos de dinero a los modernos traficantes de humanos; todo por adquirir la posibilidad de mejorar su estatus en la escala del libre mercado de la esclavitud.