!Eras tan chico, tan chico cuando te conocí, y sigues aún siendo CHICO! Si, eras un pequeño cuando compartí un año de mi adolecencia viviendo con ustedes, los Paz Laínez.
El viaje de ida fue toda una aventura. Después de dormir en Tegucigalpa, Pancho, tu padre y tocayo, junto a Moisés, mi hermano, abrigados hasta las orejas, madrugaron a buscarle ventas a las sandías que atiborraban al camioncito doble cabina con carrocería de madera y lona con el que Pancho se abría paso en los caminos de la vida empresarial. Feliz y realizado se veía conduciendo aquella poderosa máquina, que a decir verdad, era una bestia fiel e incondicional que aceptaba cargas hasta en el último de sus recovecos. Rutinariamente, Pancho y Moisés -su ayudante-, transportaban pasajeros que recogían en la polvorienta ruta: Las Crucitas-Danlí; eventualmente, surgían aquellos maratónicos viajes de comercio desde Jamastrán hasta el sur, dicho exactamente asi: sur, con esa globalizante hermandad muy propia de nosotros los sureños, hermandad que algunos confunden con regionalismo. Salían de El Avillal -lugar de residencia-, en plena madrugada, repleto el camión, hasta lá segunda cabina, con sacos de maíz y frijoles rojos. Después de recorrer las extensa y cultivada planicie del valle de Jamastrán, iniciaban un lento y tedioso ascenso rumbo a Tegucigalpa. El primer desafío era la temible cuesta de las tres eses, llamada así, por su zigzaguente forma. Danlí, era una parada obligatoria, se surtían de gasolina, aceite y agua, se revisaban llantas, niveles de aceite y agua antes de emprender el mayor de los retos del viaje, como lo era el de ascender hasta Tegucigalpa. Era un trayecto lleno de peligros y zozobras: el flujo vehicular, principalmente de índole pesado, aumentaba en gran medida; la estrecha carretera de tierra, con escasas señales de tránsito y abundancia de baches, traicioneros derrumbes y atemorizantes abismos, no daba oportunidad a relajamientos. ¿Cuántos apremios habrán ellos afrontados en éste desafiante traginar? En lo que a mi cuenta, no puedo olvidar la terrible experiencia vivida en mi primer viaje hacia El Paraíso, cuando en una de las más empinadas cuestas que hay a medio trayecto, vimos descender descontroladamente a un enorme camión maderero, que vencido por la perpendicular pendiente, retrocedía rumbo a nosotros; afortunadamente, con sagacidad y buen temple, Pacho logró esquivar el mortal encontronazo; Moisés, entre tanto, en devoto gesto, dio gracias a lo alto, besando el crucifijo que mi madre le colgara días antes en su musculoso pecho.
A paso lento, con la tensión al tope y esporádicos descansos, después de un ininterrumpido baño de polvo y humo de cinco horas, llegaban a su destino intermedio. Al cabo de unas horas, el cargamento de maíz y frijoles desaparecía y era reemplazado por hortalizas, bananos, plátanos y naranjas para ser comercializados en el sur. Retornar al terruño natal montados en aquel potro de hierro, era lo más gratificante de todo. Niños, hombres y mujeres se aglomeraban en torno a ellos. No habían abrazos, choques de manos y saludos más sinceros y valiosos que aquellos.
Días después, reconfortados por el cariño de su gente y jaloneados por lá nostalgia de la partida, reemprendían el camino. Las más sabrosas sandías y melones del mundo iban con ellos rumbo a la capital. Un tercer miembro de adolecente porte se había unido al dúo. Era el mismo que cuidaría de tus primeros pasos, caminaría diariamente hasta la hacienda de don Dago para acarrear la leche de vaca negra que tu ingerías; el mismo que también se exasperaba al verte luchar contra el sueño mientras él te mecía en la hamaca, el mismo que ha seguido tu trayectoria y que también te admira y quiere; el mismo que te desea hoy y siempre, muchas bendiciones, triunfos y alegrías en tu vida de CHICO con grandes aspiraciones.
El chico no era tan chico.... al final el CHICO se hizo grande!!!
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