A mi hijo Javier.
Hoy, mientras caminaba por el jardín, escuché pequeños pasos que me seguían. Busqué erróneamente a mi alrededor y aparte de insectos polinizadores, no encontré a nadie más. Después de la leve sorpresa, afinando la búsqueda, cerré los ojos, revolví un poco el rincón de los recuerdos y escuché de nuevo, esta vez fuerte y claramente, los titubeantes pasos de mi pequeño hijo.
En ese mismo acantilado del tiempo, seguimos por un rato tomados de la mano, orgullosos y alegres. De pronto, la cabalgata
se internó por el sendero de la premonición . Los caminantes no cesaron de avanzar, ahora, en posiciones inversas; era yo el de los pasos vacilantes y eras tú, hijo, el fortachón al que otro pequeño personaje de inseguro andar, seguía calcándote los pasos.

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