M. A. L. Z
Olvidémonos de la tal cancioncita de la igualdad ciudadana, en Honduras hay ciudadanos de distintos tipos y calibres, cada uno, con derechos nominalmente similares, pero efectivamente diferentes. La vara de la justicia, que a la hora de juzgar a Juan Pueblo es dura, inflexible e inclemente, se vuelve algodonada y tolerante cuando del poderoso se trata.
A cada nivel del poder correspóndele su estatus, su escalón de inmunidades y privilegios. El indisputado primer lugar correspóndele, no al jefe de estado, sino más bien, a diplomáticos y agregados militares de la potencia extranjera dominante, que son en verdad, intocables ante la justicia nacional. Desde esas encumbradas alturas se desprenden otras capas de blindajes jurídicos de estilos y colores camaleonezcos.
Los poderosos, de una u otra manera se arropan con las sedosas cobijas de la justicia, lejos de la oscuras y frías bartolinas. Cuentan para ello, con fuero diplomático, fuero parlamentario, fuero presidencial, fuero militar, fuero eclesiástico... Y entre fuero y fuero, fuera de toda consideración, queda el pueblo pueblo, desamparado y desnudo ante la inclemente borrasca de legalizadas ilegalidades.
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