M. A. L. Z.
Pudo haber sido su final, saltó y cayó directamente en el blanco. Sí, en el blanco errado, el balde repleto de pintura blanca. Afortunadamente para ella, la encontré a breves instantes de su caída. Apenas podía flotar y moverse en aquella espesa blancura líquida. Sin pensarlo dos veces la tome y la arrojé sobre la grama. No pudo dar un solo paso, quedó fija, como una pequeña escultura de yeso sobre el lecho verde. Luego, conseguí suficiente agua y le di un baño profundo. La pobre tenía pintura hasta en sus pupilas y orificios nasales. Una vez limpia, la coloque sobre unas rocas. Finalmente, le hice un provocativo amago con mi mano, y temerosa, la vi internarse entre los matorrales.
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