Marco Aurelio Laínez Z.
Ansioso de reconocimientos y vanaglorias, el ser humano no renuncia aún al reducto clasista, a la rimbombancia protocolar ni a la escarapela de superioridad que se atrista, se suman y asumen deslumbrantes tratamientos de cortesía: su majestad, su excelencia, su eminencia, su ilustrísima, su merced, su señoría, su alteza, su santidad, su reverendísima...
Haciendo acopio de mi real gana y de mi reverendísima rebeldía -han de haberlo notado los más ilustres gramáticos-, he violado intencionadamente las reglas, negándome a citar con mayúsculas títulos y tratamientos.
Por las mismas avenidas del culto a la personalidad, se agregan valor a pomposas vestiduras, se envisten de autoridad a simples objetos y se crean rígidas pautas de comportamiento, orientadas siempre, a exaltar ciertas figuras y ningunear al resto, es decir, a la ignara plebe.
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