lunes, 18 de febrero de 2019

La dignidad, nuestro destino.

Marco Aurelio Laínez Z.

Ansioso de reconocimientos y vanaglorias, el ser humano no renuncia aún al reducto clasista, a la rimbombancia protocolar ni a la escarapela de superioridad que se atrista, se suman y asumen deslumbrantes tratamientos de cortesía: su majestad, su excelencia, su eminencia, su ilustrísima, su merced, su señoría, su alteza, su santidad, su reverendísima... 
Haciendo acopio de mi real gana y de mi reverendísima rebeldía -han de haberlo notado los más ilustres gramáticos-, he violado intencionadamente las reglas, negándome a citar con mayúsculas títulos y tratamientos. 
Por las mismas avenidas del culto a la personalidad, se agregan valor a pomposas vestiduras, se envisten de autoridad a simples objetos y se crean rígidas pautas de comportamiento, orientadas siempre, a exaltar ciertas figuras y ningunear al resto, es decir, a la ignara plebe. 

Hasta que los individuos entendamos que formamos parte de un solo y complejo organismo llamado humanidad, que cada persona, sin importar su título y su jerarquía, es una simple y perecedera célula, llamada al desarrollo y la perpetuidad de nuestra especie; será entonces, cuando hermanaremos nuestros mejores esfuerzos para el beneficio de todos, las crueles imágenes de las guerras tendrán cabida únicamente en museos del terror; la luna u otros planetas desiertos, serán usados para deshacernos de la locura suicida de las armas nucleares y otras de igual poder mortífero. El hambre, la ignorancia y las barreras que erigen los irracionales fanatismos, habrán desaparecido de la faz de la tierra. De igual a igual, las únicas genuflexiones dignas serán las del voluntarioso ayudando al caído. Habremos ganado entonces, una patria planetaria y un universo como destino.  

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