Marco Aurelio Laínez Zelaya
La guerra no da tregua, se torna cada vez más cruenta. Valientes focos de resistencia dan la mejor de sus batallas en todos los costados. En la cumbre de la mediana estatura se libran incesantes enfrentamientos entre batallones de banderas blancas y banderas negras. El epicentro muestra la devastación creciente y la clara tendencia del bando aventajado. Todo acabará, más, nadie sabe ni el día ni la hora del final. El tiempo, el mejor de los hilanderos, se ha decantado ya por uno de los bandos y tejiendo va su algodón, extendiendo poco a poco el dominio de la blancura. Entre los de negro uniforme, sobresalen heróicos soldados que, antes que vestirse del color contrario - como lo hacen muchos de sus compañeros- , prefieren rodar por el mortal precipicio. Ligeramente abajo, en el pabellón frontal de la nave, sede del Comando Central, una vieja y protuberante huella deja ver lo que pudo haber sido el temprano fin de todo. Fue un golpe certero de la mala suerte, de haberse quedado en su sitio, nada le hubiese ocurrido al Comandante en Jefe. Pero, el más racional de los temores lo obligó a buscar resguardo del repentino ataque, lanzándose de bruces en aquel oscuro rincón, destino exacto del poderoso disparo, que puso a prueba exitosamente, la resistencia del casco que provee protección al delicado y vital comando
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